Proponte hacia el respiro consciente,
que esa sea tu propuesta para un momento así,
solo el respiro consciente, atendido.
No evites nada, no inhibas, al contrario,
permite que todo aflore, fluya, haz entrega.
Meditar es soltarte a ti, sentirte libre.
¿Adivina quién empieza? Tu divina mente.
Hazla divinamente pensativa,
ni la ofusques ni la reprendas, que sea libre.
Que sienta qué debe, qué quiere, qué puede
pensar en un momento así,
y, en esa libertad, que se pierda, que se pierda de ti.
Es tan extenso el campo mental,
y es tan fácil que se pierda.
Lo mejor es que se pierde en ti
a ver qué encuentra.
De ahí, lo que propones,
tu sutil y verdadera propuesta:
encuéntrame, si perdida te crees.
Sé que tienes idea de lo que el respiro hace,
parte de tu propuesta es.
Tu respiro sereno, acompasado,
con tus pulsos, tus latidos,
tu manifiesto voluntario, puntual, oportuno.
Tu elección: brindarte.
Observa como todo pensamiento se disuelve solo.
No te da alcance y, si lo hace,
que te encuentre tal y como estás,
como te sientes: divinamente.
Tanto que lo podrías pronunciar:
estoy divinamente, en este instante tan propio,
cuando no me resisto a sentirme,
a creer en mí, a aceptarme.
Y el respiro me lo dice, me pronuncia,
en tanto también sé todo lo que ocurre.
No soy ajeno a nada ni a nadie,
pero me sé y me atiendo
para saber atender lo que ocurre,
que poco no es.
Y avanzo y percibo todo,
hasta desde lo que mi cuerpo es, que arde,
porque no es poco lo que vibra,
lo que se erosiona, lo que se destruye, lo que incendia,
así como lo que otorga gracia, bienestar, esperanza.
Todo lo integro,
ni obvio ni evito nada.
Respiro a conciencia en lo que cada ser es.
Respiro para que el dolor no oprima
ni la voluntad se derrumbe,
ni la conmoción abata.
Percibo mi respiro sereno, atento, total.
Celebro esta forma de abstraerse
tan divina y tan consciente.
Celebro a mi mente que me permite tanto.
Celebro este divino sentir
desde lo mucho o poco que percibo.
Respiro más, aún con más sosiego,
aún más lento, aún menos,
y por breves suspensiones me ausento,
solo para permitir la presencia que Es,
lo que realmente soy:
quien nada padece porque se sabe el Ser.
Suspendo todo, hago un cese consciente.
Retomo lentamente el sutil respiro,
y acoplo mi mente.
¡Qué divinidad!
¿Qué o quién produce esto aquí, en este confín?
¿Cómo se vuelve, cuando tan imperioso es?
Entonces respiras a profundidad,
y te recibe tu cuerpo, tan extraordinario;
y te alienta tu alma, tan bendita;
y te espera siempre tu vida, tan prodigiosa;
y te sientes aquí donde habitas, contigo, con los tuyos.
Agradeces y pronuncias sin drama una petición:
quiero fuerzas para lo que soy, para lo que Es,
para lo que debo, para lo que quiero,
y sobre todo para sostenerme en verdad,
más cuando siento que mi esfuerzo por ser es verdad.
No alimento nada más.
Respiras agradeciéndote de nuevo este momento,
y por tu infinita voluntad,
y por lo que siempre fue es y será tu divinidad.
Om Namaha Shivaya


