Asiéntate, percibe todo lo que eres,
lo que estás haciendo, lo que estás sintiendo,
y más, lo que quieres hacer.
Responde a tu vitalidad y respira en calma,
aquietándote y logrando que la mente
se fíe de ti, de tu propuesta,
que es lograr un estado de calma,
de introspección, de reposo,
en el que puedas valorar todos tus respiros,
así como lo que producen.
Obsérvate con atención
sin esbozar un solo juicio; acéptate así,
no te digas nada inquietante ni reprochable,
por más que detectes algo, bríndate así como eres,
con todo lo que contienes,
y manifestando tu más firme intención,
así como esta disposición de estar en ti
tal y como eres.
Entrégate.
Aunque no lo creas hay tanto que entregar…
Y dirás a quién, a qué, y lo sabes bien.
Eres un conducto de lo que tu conciencia es,
hacia y a lo que la misma conciencia es.
Contienes y has desarrollado filamentos expansivos,
que hacen eso: conducen.
Y alimentas, los configuras, los sostienes.
Y estás ahí, conduciendo eso,
te ocupas de hacerlo, te da por sentirlo,
y te lo permites, exponerte, más ante ti.
Te citas, te preparas y te instruyes de ti
para eso, para brindarte.
Es la manera en que te asistes, te comprometes,
y lo que en realidad es: te entregas.
Dirás igual, ¿quién me recibe?
¿Quién está pendiente de mí?
¿Qué espera?
¿Qué me otorga esto?
Respiras y confías, más cuando sabes bien
de qué o de quién no debes fiarte:
de todo aquello que hace ruido,
de lo que intenta seducirte,
de lo que te persuade,
de lo que intenta confundirte,
y de todo a lo que no escapa tu razón,
¿lo entiendes?
Y lo que puede ser hasta más involuntario:
a lo que le temes.
Entonces persistes y respiras,
sabiendo que existe
lo que tan amorosamente te valida,
lo que tan certeramente te comprende,
y lo que Es en realidad, lo que Es, lo que Es:
un sentir, un aliento, una fuerza,
inherente a ti, propia, consciente,
que te hace ser, que ni lo entiendes ni lo explicas,
ni lo justificas, ni lo eludes ni lo niegas, porque sabes.
Y tu respiro que te vacía incertidumbre
y te llena de verdad.
Tu respiro que te comprueba
que hay una vida posible.
Tu respiro que te lleva hasta lo que eres:
una sustancia recubierta de piel.
Un alma inmensa e infinita.
Una conciencia viva y activa.
Un principio.
Cada vez que sientas agobio,
desconsuelo, acuérdate de eso.
Y que un simple respiro te lo haga saber,
por siempre, no hay más.
Ni misterio ni enigma.
Tan solo valora
lo que desde tu sustancia te hace ser esto.
Recrea lo que tu conciencia es
y lo que logras.
Respira profundo para aceptar
toda esta devastación,
todo este descontrol
y todo este sufrimiento.
Ya sabes.
Hazte presente porque lo estás;
hazte consciente, porque lo estás;
hazte preciso, porque es el tiempo.
Respira profundo
y coincide nuevamente aquí,
y responde en actitud, en fuerza, en criterio.
No cedas, no ignores, no decaigas, mantente.
Aunque el riesgo apremia no temas,
vence eso, que tu sustancia puede.
No temas.
Respira profundo, agradece
y atiende y respóndete siempre.
Hazte en la entrega.
Respira siempre, confía en tu amor,
no mientas, no engañes, no ocultes, no te degrades.
Ama tu sustancia.
Om Namaha Shivaya


