Haz profundas y serenas respiraciones
que te hagan sentir tu interno,
así como este espacio externo que ocupas.
Serénate.
Encuentra tu propia estabilidad física,
haz que con tu respiro permanezcas inamovible;
a partir de ahí, encuentra quietud,
observa bien si guardas tensiones musculares,
nerviosas, y serena todo.
Que asientes en ti tu estructura,
y te sientas bien,
y que el respiro sea libre y te conforte.
Que en cierta forma te vayas vaciando,
a medida que el respiro también se estabiliza.
Permanece estable, en sosiego,
y permite que tu mente te observe,
más que observarla tú.
Que lo que produces le haga sentido,
porque lo busca, quiere, necesita, aquietarse.
Observa cómo responde,
el esfuerzo que hace para comprenderte.
Tienes que lograr una mente comprensiva,
y eres quien se lo manifiesta,
ella observa, regula, y la dejas.
Y no es que tome el control, es el control.
Dirás, ¿quién se lo otorga?
Y no lo dudes: tienes, debes, de ser tú.
Por eso respiras así, te instalas así,
te condicionas así, te muestras a ti mismo,
de lo que eres capaz.
Y así tu mente sabe que es por ella,
y la vas afinando, sensibilizando, disponiendo,
para que acepte, para que te acepte
tal y como eres hoy.
Juegas con su memoria, juegas en bien.
Le vas, te vas recordando,
y estableces y restableces sus acuerdos.
Y así como estás, como eres hoy,
consideras lo que tu propuesta es
y la asientas, la presentas.
Te vas, la vas liberando
de lo que ya sabes no es, no eres.
Mantienes el respiro brindándoselo,
y tu mente lo resiste porque sabe
que estás asistiéndote conscientemente,
tan consciente que sabes bien quién eres,
lo que haces, lo que quieres y lo que te ofrendas.
En principio es esta verdad que eres:
un ser vivo, un ser activo, un ser en respiro,
un ser presente que ha decidido,
y que justo ve, observa, contempla, resiste, confía,
en lo que pareciera es una realidad creada,
y que constante, continuamente,
está siendo tan pretendidamente
llevada a distorsionarse,
a confundirse, a mal disponerse, a temer.
Respiras tan consciente, tan sutil,
tan imperceptiblemente,
y te afianzas sin desespero, sin ansiedad,
a esto que eres: un respiro.
Y tu mente observa,
y no hay trampa, no hay revés, no hay truco;
es tu Ser puro y abierto, quieto,
que ya no quiere temerse ni prestarse
a programas ocultos, impropios.
Quieres estar sabiendo ser,
quieres alentar, sabiéndote ser.
Ya no se tranza con tanta inconsciencia.
Ya no se cae en tanto engaño.
Ya no se lucha inutilmente.
Ya no se sufre por las inconsistencias.
Ya no se acepta tanta farsa.
Ya no se permite entrar en programaciones
tan obvias, tan descontroladas, tan nefastas.
Y sí hay que mirar, sentir, el dolor.
Que se reúnan las fuerzas
del aliento consciente que la verdad cultiva.
Y si se resiente la miseria, que no haya ataque.
Que se controle todo impulso de agravio,
que ya ni siquiera ocupe el juicio
en tanto se derogan las leyes.
Que la mente observe la bondad de tu alma,
aunque compungida, noble;
aunque conmocionada, vital;
aunque espantada, resistida,
al nunca desprenderse del principio
más firme y más leal:
ser amor, ser compasión.
Ten paciencia,
ya hoy como te sientes, asqueado de maldad,
resuelve, decide,
amplificar la fuerza de tu Ser,
elevar tu conciencia
y asimilarte al bien, a la luz, al amor.
Ante los tiempos, resiste.
Tu mente puede y tu alma más.
Om Namaha Shivaya


