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Editorial|Newsletter Nº29

SEPTIEMBRE 2019

El tiempo evolutivo

por Mataji Shaktiananda

No dejes para mañana lo que tu karma determina hoy” y el apotegma toma otro sentido así. Y será mucho más para aquellos que -poco o mucho- ya entienden lo que es el karma.

Espacio-tiempo-acción es el axioma que configura el karma, para generar así una energía inherente a cada ser, que cobra vida propia en cada uno. Es –ni más ni menos- toda acción vivida en el espacio y en el tiempo que hemos elegido para existir. Y la cualidad de esas acciones configura la naturaleza kármica que se imbrica a las vidas que creamos.

Entonces queda disolverlo, para finalmente alcanzar la liberación, transcendencia, la unificación o lo que para muchos es la nada, entendiendo aquello como el cese de toda acción que prolongue la existencia en vidas. Es el ansiado moksha de las escrituras védicas en las que se dictamina que, quien redime, rehace y disuelve lo que conlleva su karma por ley, se libra de retornar a la vida.

Toda esta explicación chocará con doctrinas que poco sostienen la evolución, término que se ha venido degenerando a razón de los prototipos existenciales dados como humanidad. Esta presencia, y lo que cuenta ya –irreversiblemente- como planes existenciales que vienen dando tan cismáticos resultados, es la data que hoy podemos considerar en fe como ¨evolución humana¨.  

Son inocultables los lineamientos evolutivos propios que, con la misma ecuación espacio-tiempo y las variables kármicas, han ido impregnando este planeta de tensiones inverosímiles, así como irremediablemente infectando el sistema. Ya queda como simple alegoría de nuestra relación con nosotros mismos y, en buena parte, denota la desestimación que hacemos de la configuración interna que nos interconecta con todo lo que existe.

Sí, existe un “karma”. Esa -casi siempre densa- manifestación que nos es inherente y de la que debemos deshacernos por ley, justa y exacta por lo demás. Nadie se exima de identificarlo, reconocerlo y desleerlo, dentro de esas sustancias visibles e invisibles que nos conforman. Y para ello existe la todavía confusa figura del tiempo como medida inmedible de nuestra viciada retórica de acciones; loops que se repiten y se enquistan ante nuestra ignorancia propia.

Por eso, la clave es autoconocerse, pero no en la desesperada actitud de que sea el otro quien te permita saber quién eres, menos con las desplegadas y hasta desinhibidas imágenes que se suben a un Instagram, o al recontra-archivo- memorabilia -de-la-más-absoluta- credulidad” en la que se convirtió el libro de caras (facebook) para fichar nuestra inconciencia dentro del rastro evolutivo que asimismo han desarrollado las (en)redes humanas.

Y cuenta el tiempo, nada más, ¿o aún se duda? Es la ecuación de vida más exacta que existe. Aquí no entra dicotomía filosófica, creencias baratas, juego cósmico acomodaticio, o la tan trillada “zona de confort”. Ni tampoco entra el descreer lo que como vidas hemos arrojamos al planeta.

Tanta tara genética y colonialismo salvaje de energías, latiendo por las pulsaciones egoicas de poderío y falso bienestar. Conductas predeterminadas, así como erigidas en justo comportamiento a realizar en este lado del universo, que se ha convertido en una hegemonía rancia que, inevitablemente, estamos sintiendo como poderío expansivo que nos resta tiempo, sin contar con mecanismos de conciencia que nos hagan darnos cuenta que solo el tiempo es lo imprescindible y lo más real que esta realidad nos permite. Conjugando todo presente con el principio igualmente inherente que es amarnos en toda nuestra presencia, sean las vidas vividas y la existencia planeada.

¿Nos permitimos entonces contar con el tiempo? Y deberíamos, más que cualquier otra cosa en este mundo y, si podemos, en algún otro. ¿Razones? Todas. ¿Evolucionar?

Hacia cualquier cosa que pueda expresarse ya fuera de este revoltillo de nomenclaturas kármicas en las que nos enganchamos una y otra vez, por la poca voluntad de romper el mal concebido eje evolutivo que nos apega a esta estación terrena que ya no nos satisface como especie, sea cual sea nuestra naturaleza, y la estación cósmica de la que venimos a juntar experiencias para el supuesto ejercicio evolutivo humano.

Hay que contar, eso sí, con tiempo evolutivo, término que hemos acuñado en esta Escuela para zafarnos de nuestra desidia, incredulidad y acomodo existencial y que apela sin descanso a la voluntad. Es la única manera de jamás vencer el tiempo, con él no existe batalla alguna, además.

¡Nos vemos, como siempre, en otros planos de conciencia!